Al salir del ascensor noté como si alguien me hubiese soplado en la nuca y un escalofrío me recorrió la espalda de arriba a abajo. Olía a aguarrás y a pintura y me costó esfuerzo contener una náusea mientras levantaba la aldaba que colgaba de la puerta. Había estado una hora paseando por el Retiro, para calmar los nervios, pero sin éxito. Dentro de la casa sonaron pasos y la náusea vino de nuevo. Dudé unos segundos si echar a correr escaleras abajo pero, antes de decidirlo, un hombre alto apareció en el hueco en el que un segundo antes estaba la puerta.
—Tú debes de ser Ana.
Asentí sin pronunciar palabra.
—Pasa mujer, no te quedes ahí parada.
—Disculpe, es que no sabía si era esta puerta —dije. Y me sentí estúpida porque sí sabía qué puerta era, por eso había llamado.
—Si quieres que nos llevemos bien no me hables de usted, que no soy tan viejo.
Le seguí por el pasillo lamentando ser tan idiota y dudando si conseguiría aguantar mucho rato con aquel olor que lo impregnaba todo. Me preguntaba cómo me había dejado liar de semejante manera. Nunca me gustó pintar. Mi madre, guiada por alguna norma genética no escrita, decidió que yo había heredado sus dotes plásticas. Crecí viéndola enfrentarse a lienzos en blanco y a paletas y pinceles. Llegaba a casa con un rollito de tela, lo grapaba cuidadosamente a un marco de madera y lo dejaba sobre el caballete. Durante unos cuantos días permanecía así, blanco, hasta que de pronto —decía ella— llegaba su musa. A mí me parecía que una musa era como un hada pero el hada de mi madre tenía más parecido con la madrastra de Blancanieves que con Campanilla porque nunca le traía nada bueno. Sus cuadros eran horrorosos y las dos lo sabíamos.
Mamá echaba la culpa a su falta de formación así es que su mayor empeño era buscarme a mí un buen maestro. Durante años tuve que sufrir que los Reyes Magos me regalasen maletines de pinturas, pinceles y hasta un caballete pequeño, diseñado especialmente para niños. Tardé en saber que los Reyes Magos, en realidad, no me odiaban sino que era mi madre quien compraba aquellos trastos.
Cuando cumplí diecisiete años consiguió por fin su sueño. Marcos de la Torre era un pintor madrileño, famoso entre los entendidos en arte por sus retratos, que se dedicaba, en sus ratos libres, a dar clases de pintura. Solo aceptaba alumnos de los que se pudiera sacar partido pero mamá desempolvó todas sus agendas hasta dar con alguien que le debía un favor para hacer de intermediario. Así fue como llegué, un jueves de diciembre, a su estudio de la calle Alfonso XII.
Supongo que no tardó más de dos días en darse cuenta de mi incapacidad para las artes. Yo odiaba las tardes de los jueves. Desde que me despertaba buscaba alguna excusa para no asistir a clase pero mamá nunca cedía. Más de un jueves pensé en llamar y contar alguna mentira pero mamá solía llamarle a preguntar cómo progresaba. Él le mentía, claro, para seguir embolsándose el altísimo precio que pagábamos por su tiempo y sus consejos. Mamá se empeñaba en ver mejoras donde no las había y seguía grapándome al marco de madera para ver si la musa me convertía en otra.
Al cabo de los meses al maestro le venció el aburrimiento y me dejó por imposible. Me dijo que hacer de mí una pintora era pretender un milagro, que jamás se había topado con una alumna más torpe con los pinceles. Lloré mucho aquella tarde aunque en el fondo estaba contenta. Recuperaba mis jueves y me alejaba del profesor de la Torre en un solo día. Pero no había contado con la cabezonería de mi madre. Cuando entré en casa y se lo dije ella fue hacia su habitación.
—Ese Marcos —me gritó mientras trasteaba en el armario— es un pintor estúpido y acomodado que se cree alguien porque ha pintado a tres condesas muertas de hambre.
Salió al momento. Se había puesto una camisa negra medio transparente y unos pantalones de seda. Olía a perfume caro de jazmín.
—Quédate aquí, que ahora vengo.
Volvió al cabo de dos horas, con cara de cansancio.
—Ya está, cariño.
—Ya está ¿qué, mamá?
—Puedes volver el jueves próximo.
—No, mamá, no quiero.
—Nena, me ha costado mucho convencerle.
Entonces estallé.
—Joder, mamá, que no. Que te has empeñado en que pinte y no valgo. Ve tú a clase si quieres, tírate al gran Marcos de la Torre si tanto te gusta pero a mí déjame en paz.
No vi venir el bofetón. Ella se giró, se fue hacia la habitación y por la rendija de la puerta vi como se desnudaba, casi arrancándose la ropa, para meterse en la ducha. Salió al cabo de unos minutos y me preguntó si quería café. Encendió el televisor y comentamos las noticias del telediario. Nunca volvimos a hablar de aquella tarde.
Al cabo de unas semanas, salí de compras con mamá. SE había empeñado en que me comprase un vestido antes de que empezasen las clases. Dio igual que le explicara un millón de veces que mis vaqueros gastados iban a ser el uniforme universitario y, por no oírla, me embarqué en una tarde de escaparates y probadores. Eligió para mí un vestido azul con flores y unos zapatos de tacón que supe, mientras ella pagaba, que nunca estrenaría. Al salir de la tienda dejé que me invitase a un café y por un rato fingimos ser una madre y una hija normales. Hasta que apareció Marcos al otro extremo de la barra.
—Vaya, bonita pareja.
Mamá le besó sin rozar su cara y yo hice un gesto con la cabeza. Pensé que aquello iba a durar unos minutos y que después tendría que aguantar el sermón de mi madre, pero Marcos insistió en invitarnos a cenar. Nos fuimos a un mesón de la Plaza Mayor y empezamos a pedir tapas y vinos. Mamá miraba mi copa con cara de “ya hablaremos luego, pero no dijo una palabra sobre el tema. En la tercera tapa recordó que tenía una cita importantísima de la que yo no sabía nada y se marchó llevando con ella las bolsas de las compras.
—No me has dirigido la palabra en toda la tarde —dijo Marcos—. ¿Estás enfadada conmigo?
El vino amenazaba con hacerme perder el equilibrio. Me apoyé en la barra fingiendo un gesto cansado.
—No, es que me parecía que mamá y tú os bastabais y no quise inmiscuirme —la lengua se me pegaba al paladar. Siempre intento decir palabras más grandes que yo cuando estoy borracha y suelo darme cuenta tarde de lo difícil que resulta pronunciarlas.
Bebimos un par de vinos más y charlamos sobre la pintura, la universidad y el calor que hace en Madrid en agosto. Marcos hablaba y yo asentía, tragaba vino, volvía a asentir, respiraba. Cuando se dio cuenta de que no le hacía caso propuso acompañarme a casa. Me dejé llevar hacia la puerta del mesón. Fijé la vista en la raya blanca del borde de la calzada y traté de mantener el equilibrio. Recordé sin querer esas escenas de sábado por la noche en las que algún borracho se tambaleaba de lado a lado de la calle y el recuerdo me hizo sentir patética. Marcos me agarró de la cintura.
—Sigues callada. Al final creeré de veras que te aburro.
La cabeza me daba vueltas. Los pies ya no me llevaban y de no ser por su brazo rodeándome habría caído al suelo como un abrigo que se escurre de una percha. Me acurruqué en el asiento del taxi contra su cuerpo.
—Alfonso XII, por favor.
El sol me despertó. Me dolía la cabeza y notaba la lengua como una lija que me arañara los labios. Abrí los ojos a medias, intentando defenderme de la luz. La cortina no era de cuadros ni había lamparita azul junto a la cama. Las sábanas no olían a suavizante de manzana.
—Buenos días, niña.
Era la voz de Marcos. Intenté recordar pero me dolía demasiado la cabeza. Miré hacia el lugar del que me había llegado la voz pero estaba delante de la ventana y el sol me hacía daño en los ojos. Noté frío en la espalda como si estuviera desnuda y hubiera soplado una brisa. Me sentía desnuda. Estaba desnuda. Agarré la sábana y la subí de un tirón hasta los hombros.
—¡No! Estabas mejor antes. Era una estampa perfecta.
Me levanté de la cama enfada con él, conmigo y con el mundo. En el espejo de la pared vi mi imagen desnuda, vestida solo con unas bragas azules de seda y respiré hondo. Al menos llevaba puestas las bragas. Recogí mis vaqueros del suelo y me los enfundé con prisa. Con los nervios no encontraba la camiseta y cuando al fin la vi, me la puse del revés, con las costuras hacia afuera. Me di cuenta del detalle pero quería cubrirme y por nada del mundo me la habría vuelto a quitar. Tampoco encontraba el sujetador pero, una vez tuve el pecho tapado, dejé de buscarlo.
——¿Qué hago aquí?
—Estabas demasiado borracha para llegar a casa y que tu madre te viera. Al menos eso decías en el taxi.
Mi madre. Dios —pensé—, conociéndola habrá llamado a la policía.
—La llamé esta mañana. A tu madre, digo. Le expliqué que nos habíamos encontrado con unos alumnos y que acabamos aquí todos, tomando algo, y que te dormiste en el sofá.
Dudé si Marcos podía leer los pensamientos o si lo había dicho en alto. Y de repente, en medio de aquella situación tan ridícula, me dio por pensar que él estaba muy tranquilo, como si estuviera habituado a la situación. Tal vez sus alumnas se quedasen a dormir con frecuencia y él tuviera que inventar excusas para las madres.
Olía a café.
—¿Hay café?
—Recién hecho. Te preparé uno. ¿Solo?
—No, con leche, por favor.
El café acabó de despertarme y empecé a recordar el vino y los champiñones. Y a Marcos agarrando mi cintura. Y el taxi. Y las escaleras de su casa de Alfonso de XII. Y mi ropa arrugada por el suelo.
—Oye, verás…, lo de ayer…, no suelo beber así.
—Tranquila. Mantuviste el tipo un buen rato —y sonrió con una mueca que me dio asco, de repente, y ganas de vomitar.
—Es tarde, mi madre estará preocupada.
Cogí mi bolso del sofá y fui hacia el pasillo. Olía a pintura y se me revolvió el estómago, casi vacío. Oía sus pasos detrás de mí y, al llegar a la puerta, me giré, hice un gesto con la cabeza y salí a la escalera. Cerré la puerta sin darle oportunidad a decir otra gracia que me humillara, que me hiciese sentir aún más imbécil. La cabeza me dolía y el olor a pintura se me había instalado dentro de la nariz sin ninguna prisa por abandonarla.
En el taxi hacia casa intenté recordar pero eran imágenes inconexas. Ya en casa, mi madre preguntaba sin parar mientras caminaba hacía el dormitorio y yo contestaba con monosílabos porque la mitad de las respuestas no podía dárselas y porque no lo único que quería era meterme en la cama a borrar la resaca. Pero ella estaba feliz y no le daba importancia a mis desaires. Tal vez pensaba que aquel encuentro iba a acercarme de nuevo a la pintura. Me dormí huyendo de la voz de mi madre y el olor a pintura y volví a despertar, horas después, con el mismo dolor de cabeza.
El verano seguía imparable, Madrid era un horno y había japoneses por todas las esquinas del Paseo de Recoletos. Pasaban los días y la memoria se fue licuando hasta dejar aquella historia en un pequeño charquito que al final se evaporó por efecto del calor. Aunque de vez en cuando alguien me soplaba en la nuca y el estómago se me revolvía en una mezcla de olor a pintura y a aguarrás.
Estaba deseando que empezasen las clases de la universidad. Allí me sentiría bien, sería independiente y estaría lejos del control de mi madre. Ella quería que hiciese Bellas Artes, pero escogí Filología como primera opción y nunca se lo dije. Le expliqué que no me daba la nota y que me habían derivado a la segunda opción.
Al cabo de unas semanas, al volver de la universidad de mirar los horarios, mamá me estaba esperando. Le empecé a contar lo ocupada que iba a estar, los talleres de tarde y las clases de mañana, pero no me estaba escuchando, solo esperaba paciente a que yo callara.
—¿Pasa algo, mamá?
Dejó el café que llevaba en la mano sobre la mesita del teléfono sin prestar atención a la torre de posavasos. Era la primera vez que la veía hacerlo. Se sentó sobre el brazo del sofá y me enseñó un sobre de papel reciclado con nuestros dos nombres escritos a mano. Era una invitación para una exposición de Marcos de la Torre. Tragué saliva, mucha saliva.
—¿Para esto era el vestido, mamá?
Mantuvo la mirada.
No nos encontramos por casualidad, ¿verdad?
Seguía quieta.
–Ve tú si quieres, yo paso. Lo siento.
Noté la decepción. Ella había esperado nerviosa a que yo llegase para largarme la dichosa invitación y yo no le dejé hablar. Me fui a mi cuarto para evitar un nuevo sermón sobre mi futuro y el desperdicio de mis aptitudes y entonces recordé su cara y aquella única tarde en la que le había dicho todo lo que pensaba. Me sentí mala hija, egoísta y cruel. Por aquella época me pasaba unas diez veces por semana y ella lo sabía. De hecho, creo que formaba parte de su chantaje, pero la culpabilidad aquella vez se mezclaba con un olor que me revolvía el estómago y me daba dolor de cabeza. Volví al salón como el niño que vuelve a recibir su castigo por algo que no sabe siquiera si ha hecho.
—Me pondré el vestido, pero los tacones ni lo sueñes.
Sonrió y me di cuenta de que había vuelto a hacerlo, ganaba de nuevo. Y me juré, una vez más, que era el último chantaje.
Enfadada por haberme dejado manipular de aquella forma, y envuelta en un vestido de mi madre, me miré en el espejo. Los pies se me torcían sobre los tacones, el vestido se me pegaba al cuerpo y el flequillo me caía sobre los ojos. Cuando llegué al salón mi madre esperaba vestida de blanco. Su apariencia era de una perfección desordenada: el pantalón caía casi sin rozarla y la camisa, en cambio, se le pegaba al cuerpo como si quisiera intimar con ella. Los mechones se escapaban del recogido con estudiada rebeldía. Por primera vez en mucho tiempo se había pintado las uñas y llevaba algún perfume suave que, en cuanto me alejaba de ella, no conseguía recordar.
El taxi no llevaba aire acondicionado pese a que una pegatina en el cristal indicaba que uno de los derechos del viajero era exigir la temperatura adecuada. Hacía un calor insoportable y el vestido se me pegaba a la espalda. Adiviné el cerco de sudor me llegaba ya hasta la cintura mientras mi madre parecía de escayola dentro de aquella camisa.
En la galería sí había aire acondicionado, demasiado fuerte para mi gusto. El sudor de la espalda se me iba enfriando y me erizaba la piel. Nos paramos en el primer retrato. Mamá me explicó que la pegatina roja sobre el título significaba que está vendido y que algunos pintores ponen esas pegatinas el primer día en unos cuantos cuadros para que la gente tema que se agoten y compre uno. Pensé en Marcos y no me pareció de los que pegan circulitos rojos a sus cuadros. La galerista le estaba contando a una pareja que el retrato que miraban era el de una muchacha que tomaba el sol en la playa. Como si no pudiera adivinarse viendo aquel cuerpo semidesnudo rodeado de arena. Me miró y me sonrió tal vez pensando que podría venderme un cuadro, aunque mi aspecto no era el de una caprichosa del arte. Hizo ademán de acercarse pero, afortunadamente, alguien le habló y se olvidó de mí.
—¿Señorita Ana? —Un tipo elegante me rozó el hombro—. Soy Luis López, gerente de la galería.
Arrugué la nariz y me tragué las ganas de preguntarle cómo sabía mi nombre.
—El señor De la Torre dejó esto para usted.
Miré la bolsita de papel que me tendía. La cogí y, al abrirla, vi asomar un elástico azul ribeteado en seda. Mierda, mi sujetador. Lo arrugué rápido y lo metí en el bolso. Mamá se acercaba.
—¿Quién era?
—El gerente de la galería, me quería vender un cuadro.
Caminé hasta el siguiente cuadro. El pasillo se terminaba y con un poco de suerte la exposición también.
—Pasen hacia el fondo —dijo el gerente—, les servirán algo y podrán ver los dos últimos retratos.
Me miraba de tal forma que sospeché que había visto el contenido de la bolsa antes de dármela. Mamá me tiraba del brazo.
Al llegar al fondo del pasillo se me pegaron los pies al suelo. Presidiendo la exposición, presidiendo las bandejas de canapés en torno a las que todos se agrupaban estaban las joyas de la colección. En la derecha de la sala, una mujer desnuda, tumbada en una cama nos miraba tras un flequillo que hacía imposible reconocerla. A sus pies se enrollaba una sábana de forma descuidada. Tan sólo unas diminutas bragas azules ocultaban algo de ella. No quise levantar la vista hacia mi madre y, cuando al fin me atreví a hacerlo, ella miraba a otro lado. Miraba al cuadro de la izquierda en el que una mujer aparecía tumbada de espaldas con una camisa negra transparente, en la misma cama, con la misma sábana arrugada a los pies. Me picaba la nariz por el olor de la pintura. Me acerqué más. Leí: Arte en la piel y, a la izquierda, arte en la sangre. Caminé unos pasos hacia el pasillo y despegué con cuidado el punto rojo de un cuadro. Lo pegué en el cuadro de la izquierda, me di la vuelta y salí de la sala caminando sin prisa.
En la calle ya no olía a pintura.