17 noviembre 2008

20 años de mus

-Envido.
-Envido más.
-Órdago.

Y me llevé todos tus amarracos. La única vez, en veinte años, que te he ganado a las cartas.

03 noviembre 2008

Arte en la sangre

Al salir del ascensor noté como si alguien me hubiese soplado en la nuca y un escalofrío me recorrió la espalda de arriba a abajo. Olía a aguarrás y a pintura y me costó esfuerzo contener una náusea mientras levantaba la aldaba que colgaba de la puerta. Había estado una hora paseando por el Retiro, para calmar los nervios, pero sin éxito. Dentro de la casa sonaron pasos y la náusea vino de nuevo. Dudé unos segundos si echar a correr escaleras abajo pero, antes de decidirlo, un hombre alto apareció en el hueco en el que un segundo antes estaba la puerta.

—Tú debes de ser Ana.

Asentí sin pronunciar palabra.

—Pasa mujer, no te quedes ahí parada.

—Disculpe, es que no sabía si era esta puerta —dije. Y me sentí estúpida porque sí sabía qué puerta era, por eso había llamado.

—Si quieres que nos llevemos bien no me hables de usted, que no soy tan viejo.

Le seguí por el pasillo lamentando ser tan idiota y dudando si conseguiría aguantar mucho rato con aquel olor que lo impregnaba todo. Me preguntaba cómo me había dejado liar de semejante manera. Nunca me gustó pintar. Mi madre, guiada por alguna norma genética no escrita, decidió que yo había heredado sus dotes plásticas. Crecí viéndola enfrentarse a lienzos en blanco y a paletas y pinceles. Llegaba a casa con un rollito de tela, lo grapaba cuidadosamente a un marco de madera y lo dejaba sobre el caballete. Durante unos cuantos días permanecía así, blanco, hasta que de pronto —decía ella— llegaba su musa. A mí me parecía que una musa era como un hada pero el hada de mi madre tenía más parecido con la madrastra de Blancanieves que con Campanilla porque nunca le traía nada bueno. Sus cuadros eran horrorosos y las dos lo sabíamos.

Mamá echaba la culpa a su falta de formación así es que su mayor empeño era buscarme a mí un buen maestro. Durante años tuve que sufrir que los Reyes Magos me regalasen maletines de pinturas, pinceles y hasta un caballete pequeño, diseñado especialmente para niños. Tardé en saber que los Reyes Magos, en realidad, no me odiaban sino que era mi madre quien compraba aquellos trastos.

Cuando cumplí diecisiete años consiguió por fin su sueño. Marcos de la Torre era un pintor madrileño, famoso entre los entendidos en arte por sus retratos, que se dedicaba, en sus ratos libres, a dar clases de pintura. Solo aceptaba alumnos de los que se pudiera sacar partido pero mamá desempolvó todas sus agendas hasta dar con alguien que le debía un favor para hacer de intermediario. Así fue como llegué, un jueves de diciembre, a su estudio de la calle Alfonso XII.

Supongo que no tardó más de dos días en darse cuenta de mi incapacidad para las artes. Yo odiaba las tardes de los jueves. Desde que me despertaba buscaba alguna excusa para no asistir a clase pero mamá nunca cedía. Más de un jueves pensé en llamar y contar alguna mentira pero mamá solía llamarle a preguntar cómo progresaba. Él le mentía, claro, para seguir embolsándose el altísimo precio que pagábamos por su tiempo y sus consejos. Mamá se empeñaba en ver mejoras donde no las había y seguía grapándome al marco de madera para ver si la musa me convertía en otra.
Al cabo de los meses al maestro le venció el aburrimiento y me dejó por imposible. Me dijo que hacer de mí una pintora era pretender un milagro, que jamás se había topado con una alumna más torpe con los pinceles. Lloré mucho aquella tarde aunque en el fondo estaba contenta. Recuperaba mis jueves y me alejaba del profesor de la Torre en un solo día. Pero no había contado con la cabezonería de mi madre. Cuando entré en casa y se lo dije ella fue hacia su habitación.

—Ese Marcos —me gritó mientras trasteaba en el armario— es un pintor estúpido y acomodado que se cree alguien porque ha pintado a tres condesas muertas de hambre.
Salió al momento. Se había puesto una camisa negra medio transparente y unos pantalones de seda. Olía a perfume caro de jazmín.

—Quédate aquí, que ahora vengo.

Volvió al cabo de dos horas, con cara de cansancio.

—Ya está, cariño.

—Ya está ¿qué, mamá?

—Puedes volver el jueves próximo.

—No, mamá, no quiero.

—Nena, me ha costado mucho convencerle.

Entonces estallé.

—Joder, mamá, que no. Que te has empeñado en que pinte y no valgo. Ve tú a clase si quieres, tírate al gran Marcos de la Torre si tanto te gusta pero a mí déjame en paz.

No vi venir el bofetón. Ella se giró, se fue hacia la habitación y por la rendija de la puerta vi como se desnudaba, casi arrancándose la ropa, para meterse en la ducha. Salió al cabo de unos minutos y me preguntó si quería café. Encendió el televisor y comentamos las noticias del telediario. Nunca volvimos a hablar de aquella tarde.

Al cabo de unas semanas, salí de compras con mamá. SE había empeñado en que me comprase un vestido antes de que empezasen las clases. Dio igual que le explicara un millón de veces que mis vaqueros gastados iban a ser el uniforme universitario y, por no oírla, me embarqué en una tarde de escaparates y probadores. Eligió para mí un vestido azul con flores y unos zapatos de tacón que supe, mientras ella pagaba, que nunca estrenaría. Al salir de la tienda dejé que me invitase a un café y por un rato fingimos ser una madre y una hija normales. Hasta que apareció Marcos al otro extremo de la barra.

—Vaya, bonita pareja.

Mamá le besó sin rozar su cara y yo hice un gesto con la cabeza. Pensé que aquello iba a durar unos minutos y que después tendría que aguantar el sermón de mi madre, pero Marcos insistió en invitarnos a cenar. Nos fuimos a un mesón de la Plaza Mayor y empezamos a pedir tapas y vinos. Mamá miraba mi copa con cara de “ya hablaremos luego, pero no dijo una palabra sobre el tema. En la tercera tapa recordó que tenía una cita importantísima de la que yo no sabía nada y se marchó llevando con ella las bolsas de las compras.

—No me has dirigido la palabra en toda la tarde —dijo Marcos—. ¿Estás enfadada conmigo?

El vino amenazaba con hacerme perder el equilibrio. Me apoyé en la barra fingiendo un gesto cansado.

—No, es que me parecía que mamá y tú os bastabais y no quise inmiscuirme —la lengua se me pegaba al paladar. Siempre intento decir palabras más grandes que yo cuando estoy borracha y suelo darme cuenta tarde de lo difícil que resulta pronunciarlas.

Bebimos un par de vinos más y charlamos sobre la pintura, la universidad y el calor que hace en Madrid en agosto. Marcos hablaba y yo asentía, tragaba vino, volvía a asentir, respiraba. Cuando se dio cuenta de que no le hacía caso propuso acompañarme a casa. Me dejé llevar hacia la puerta del mesón. Fijé la vista en la raya blanca del borde de la calzada y traté de mantener el equilibrio. Recordé sin querer esas escenas de sábado por la noche en las que algún borracho se tambaleaba de lado a lado de la calle y el recuerdo me hizo sentir patética. Marcos me agarró de la cintura.

—Sigues callada. Al final creeré de veras que te aburro.

La cabeza me daba vueltas. Los pies ya no me llevaban y de no ser por su brazo rodeándome habría caído al suelo como un abrigo que se escurre de una percha. Me acurruqué en el asiento del taxi contra su cuerpo.

—Alfonso XII, por favor.

El sol me despertó. Me dolía la cabeza y notaba la lengua como una lija que me arañara los labios. Abrí los ojos a medias, intentando defenderme de la luz. La cortina no era de cuadros ni había lamparita azul junto a la cama. Las sábanas no olían a suavizante de manzana.

—Buenos días, niña.

Era la voz de Marcos. Intenté recordar pero me dolía demasiado la cabeza. Miré hacia el lugar del que me había llegado la voz pero estaba delante de la ventana y el sol me hacía daño en los ojos. Noté frío en la espalda como si estuviera desnuda y hubiera soplado una brisa. Me sentía desnuda. Estaba desnuda. Agarré la sábana y la subí de un tirón hasta los hombros.

—¡No! Estabas mejor antes. Era una estampa perfecta.

Me levanté de la cama enfada con él, conmigo y con el mundo. En el espejo de la pared vi mi imagen desnuda, vestida solo con unas bragas azules de seda y respiré hondo. Al menos llevaba puestas las bragas. Recogí mis vaqueros del suelo y me los enfundé con prisa. Con los nervios no encontraba la camiseta y cuando al fin la vi, me la puse del revés, con las costuras hacia afuera. Me di cuenta del detalle pero quería cubrirme y por nada del mundo me la habría vuelto a quitar. Tampoco encontraba el sujetador pero, una vez tuve el pecho tapado, dejé de buscarlo.

——¿Qué hago aquí?

—Estabas demasiado borracha para llegar a casa y que tu madre te viera. Al menos eso decías en el taxi.

Mi madre. Dios —pensé—, conociéndola habrá llamado a la policía.

—La llamé esta mañana. A tu madre, digo. Le expliqué que nos habíamos encontrado con unos alumnos y que acabamos aquí todos, tomando algo, y que te dormiste en el sofá.
Dudé si Marcos podía leer los pensamientos o si lo había dicho en alto. Y de repente, en medio de aquella situación tan ridícula, me dio por pensar que él estaba muy tranquilo, como si estuviera habituado a la situación. Tal vez sus alumnas se quedasen a dormir con frecuencia y él tuviera que inventar excusas para las madres.
Olía a café.

—¿Hay café?

—Recién hecho. Te preparé uno. ¿Solo?

—No, con leche, por favor.

El café acabó de despertarme y empecé a recordar el vino y los champiñones. Y a Marcos agarrando mi cintura. Y el taxi. Y las escaleras de su casa de Alfonso de XII. Y mi ropa arrugada por el suelo.

—Oye, verás…, lo de ayer…, no suelo beber así.

—Tranquila. Mantuviste el tipo un buen rato —y sonrió con una mueca que me dio asco, de repente, y ganas de vomitar.

—Es tarde, mi madre estará preocupada.

Cogí mi bolso del sofá y fui hacia el pasillo. Olía a pintura y se me revolvió el estómago, casi vacío. Oía sus pasos detrás de mí y, al llegar a la puerta, me giré, hice un gesto con la cabeza y salí a la escalera. Cerré la puerta sin darle oportunidad a decir otra gracia que me humillara, que me hiciese sentir aún más imbécil. La cabeza me dolía y el olor a pintura se me había instalado dentro de la nariz sin ninguna prisa por abandonarla.

En el taxi hacia casa intenté recordar pero eran imágenes inconexas. Ya en casa, mi madre preguntaba sin parar mientras caminaba hacía el dormitorio y yo contestaba con monosílabos porque la mitad de las respuestas no podía dárselas y porque no lo único que quería era meterme en la cama a borrar la resaca. Pero ella estaba feliz y no le daba importancia a mis desaires. Tal vez pensaba que aquel encuentro iba a acercarme de nuevo a la pintura. Me dormí huyendo de la voz de mi madre y el olor a pintura y volví a despertar, horas después, con el mismo dolor de cabeza.

El verano seguía imparable, Madrid era un horno y había japoneses por todas las esquinas del Paseo de Recoletos. Pasaban los días y la memoria se fue licuando hasta dejar aquella historia en un pequeño charquito que al final se evaporó por efecto del calor. Aunque de vez en cuando alguien me soplaba en la nuca y el estómago se me revolvía en una mezcla de olor a pintura y a aguarrás.

Estaba deseando que empezasen las clases de la universidad. Allí me sentiría bien, sería independiente y estaría lejos del control de mi madre. Ella quería que hiciese Bellas Artes, pero escogí Filología como primera opción y nunca se lo dije. Le expliqué que no me daba la nota y que me habían derivado a la segunda opción.

Al cabo de unas semanas, al volver de la universidad de mirar los horarios, mamá me estaba esperando. Le empecé a contar lo ocupada que iba a estar, los talleres de tarde y las clases de mañana, pero no me estaba escuchando, solo esperaba paciente a que yo callara.

—¿Pasa algo, mamá?

Dejó el café que llevaba en la mano sobre la mesita del teléfono sin prestar atención a la torre de posavasos. Era la primera vez que la veía hacerlo. Se sentó sobre el brazo del sofá y me enseñó un sobre de papel reciclado con nuestros dos nombres escritos a mano. Era una invitación para una exposición de Marcos de la Torre. Tragué saliva, mucha saliva.

—¿Para esto era el vestido, mamá?

Mantuvo la mirada.

No nos encontramos por casualidad, ¿verdad?

Seguía quieta.

–Ve tú si quieres, yo paso. Lo siento.

Noté la decepción. Ella había esperado nerviosa a que yo llegase para largarme la dichosa invitación y yo no le dejé hablar. Me fui a mi cuarto para evitar un nuevo sermón sobre mi futuro y el desperdicio de mis aptitudes y entonces recordé su cara y aquella única tarde en la que le había dicho todo lo que pensaba. Me sentí mala hija, egoísta y cruel. Por aquella época me pasaba unas diez veces por semana y ella lo sabía. De hecho, creo que formaba parte de su chantaje, pero la culpabilidad aquella vez se mezclaba con un olor que me revolvía el estómago y me daba dolor de cabeza. Volví al salón como el niño que vuelve a recibir su castigo por algo que no sabe siquiera si ha hecho.

—Me pondré el vestido, pero los tacones ni lo sueñes.

Sonrió y me di cuenta de que había vuelto a hacerlo, ganaba de nuevo. Y me juré, una vez más, que era el último chantaje.

Enfadada por haberme dejado manipular de aquella forma, y envuelta en un vestido de mi madre, me miré en el espejo. Los pies se me torcían sobre los tacones, el vestido se me pegaba al cuerpo y el flequillo me caía sobre los ojos. Cuando llegué al salón mi madre esperaba vestida de blanco. Su apariencia era de una perfección desordenada: el pantalón caía casi sin rozarla y la camisa, en cambio, se le pegaba al cuerpo como si quisiera intimar con ella. Los mechones se escapaban del recogido con estudiada rebeldía. Por primera vez en mucho tiempo se había pintado las uñas y llevaba algún perfume suave que, en cuanto me alejaba de ella, no conseguía recordar.

El taxi no llevaba aire acondicionado pese a que una pegatina en el cristal indicaba que uno de los derechos del viajero era exigir la temperatura adecuada. Hacía un calor insoportable y el vestido se me pegaba a la espalda. Adiviné el cerco de sudor me llegaba ya hasta la cintura mientras mi madre parecía de escayola dentro de aquella camisa.

En la galería sí había aire acondicionado, demasiado fuerte para mi gusto. El sudor de la espalda se me iba enfriando y me erizaba la piel. Nos paramos en el primer retrato. Mamá me explicó que la pegatina roja sobre el título significaba que está vendido y que algunos pintores ponen esas pegatinas el primer día en unos cuantos cuadros para que la gente tema que se agoten y compre uno. Pensé en Marcos y no me pareció de los que pegan circulitos rojos a sus cuadros. La galerista le estaba contando a una pareja que el retrato que miraban era el de una muchacha que tomaba el sol en la playa. Como si no pudiera adivinarse viendo aquel cuerpo semidesnudo rodeado de arena. Me miró y me sonrió tal vez pensando que podría venderme un cuadro, aunque mi aspecto no era el de una caprichosa del arte. Hizo ademán de acercarse pero, afortunadamente, alguien le habló y se olvidó de mí.

—¿Señorita Ana? —Un tipo elegante me rozó el hombro—. Soy Luis López, gerente de la galería.

Arrugué la nariz y me tragué las ganas de preguntarle cómo sabía mi nombre.

—El señor De la Torre dejó esto para usted.

Miré la bolsita de papel que me tendía. La cogí y, al abrirla, vi asomar un elástico azul ribeteado en seda. Mierda, mi sujetador. Lo arrugué rápido y lo metí en el bolso. Mamá se acercaba.

—¿Quién era?

—El gerente de la galería, me quería vender un cuadro.

Caminé hasta el siguiente cuadro. El pasillo se terminaba y con un poco de suerte la exposición también.

—Pasen hacia el fondo —dijo el gerente—, les servirán algo y podrán ver los dos últimos retratos.

Me miraba de tal forma que sospeché que había visto el contenido de la bolsa antes de dármela. Mamá me tiraba del brazo.

Al llegar al fondo del pasillo se me pegaron los pies al suelo. Presidiendo la exposición, presidiendo las bandejas de canapés en torno a las que todos se agrupaban estaban las joyas de la colección. En la derecha de la sala, una mujer desnuda, tumbada en una cama nos miraba tras un flequillo que hacía imposible reconocerla. A sus pies se enrollaba una sábana de forma descuidada. Tan sólo unas diminutas bragas azules ocultaban algo de ella. No quise levantar la vista hacia mi madre y, cuando al fin me atreví a hacerlo, ella miraba a otro lado. Miraba al cuadro de la izquierda en el que una mujer aparecía tumbada de espaldas con una camisa negra transparente, en la misma cama, con la misma sábana arrugada a los pies. Me picaba la nariz por el olor de la pintura. Me acerqué más. Leí: Arte en la piel y, a la izquierda, arte en la sangre. Caminé unos pasos hacia el pasillo y despegué con cuidado el punto rojo de un cuadro. Lo pegué en el cuadro de la izquierda, me di la vuelta y salí de la sala caminando sin prisa.

En la calle ya no olía a pintura.

13 octubre 2008

Zor ras no paren galgos

María dio un portazo y se alejó a zancadas de la casa. Vio pasar el último carromato y se sentó en la acera, con la vista fija en el payaso que cerraba el desfile.

—Déjate de payasos y de hostias. Olvídate del circo, que bastante circo tuvimos. Y crece ya, coño, que en esta casa hace falta una mujer —había dicho su padre. Luego había seguido preparando los canapés para sus invitados.

Cuando ya solo se adivinaba un bulto de colores al final de la calle y la música casi no se oía, María se secó las lágrimas con la manga del jersey y caminó de vuelta a casa. Cerró la puerta despacio, subió las escaleras hasta su habitación y se colocó frente al armario. Respiró hondo y, al expulsar el aire, arqueó los labios para hacer volar el flequillo despeinado que casi le cubría los ojos. Sacó el vestido negro que compró para el entierro de mamá y lo puso sobre la cama. Hurgó en el cajón hasta encontrar las medias y los zapatos que llevó aquel día. Le costó subir la cremallera del vestido porque en el último año le había crecido el pecho y se le habían ensanchado las caderas.

Camino de la habitación de su padre oyó el timbre. Llegaban los invitados. En el primer cajón de la cómoda encontró el collar de perlas grises y los pendientes a juego. En el baño, el lápiz de labios rosa y aquel perfume tan dulce. Se recogió el pelo en un moño alto y se alejó un poco, para verse de cuerpo entero en el espejo. Creyó haber retrocedido un año, hasta el día en que mamá se puso las perlas y el vestido negro para llevarla al circo. Había pasado casi toda la función sola porque mamá tenía que hablar con el domador en su caravana. Cuando volvió a la butaca estaba radiante. Se había soltado el pelo y se retocó el color de los labios con un lápiz rosa y un espejito que llevaba en el bolso.

En el camino de vuelta las dos iban canturreando, como niñas. A María le daba un poco de vergüenza que alguno de sus amigos la viera así, como una cría, pero mamá estaba tan contenta que se limitó a vigilar cada esquina y a rezar para no cruzarse con nadie. Era de noche y llegaron a casa sin haber visto a un solo vecino. Su padre las estaba esperando en el porche. Mamá le apretó la mano y dejó de cantar. Miró a María, frunció los labios y le pidió que subiera a acostarse, que ya era tarde. Desde su cuarto oía las voces. No era como otras veces, que se oían los gritos de él y el llanto flojito de ella, esta vez mamá también gritaba. Le pareció que hablaban de ella, que mamá decía que la niña no sabía nada y que su padre gritaba que tan puta como la madre, que una zorra no pare galgos. Mamá le pedía que bajase la voz, pero se lo pedía a gritos. María se tapó hasta los ojos con la manta, como siempre que había pelea, y trató de recordar al payaso que hacía malabares con las mazas y a la niña vestida de colores que apareció a caballo y luego se subió a un trapecio, pero los gritos de mamá no le dejaban pensar. “Ya no lo aguanto” dijo “me llevo a la niña”. María se incorporó de un salto, abrió el armario y eligió rápido qué meter en la maleta. Solo había sacado un pantalón vaquero y el jersey de rayas cuando oyó un golpe en el pasillo. Luego hubo unos segundos de silencio y después golpes más blandos, como cuando mamá tiraba la bolsa con la colada por la escalera para no cargar con ella.

De vuelta a la realidad, María oyó el timbre. Los invitados ya estaban llegando así es que sacudió la cabeza, sopló de nuevo su flequillo y bajó para ayudar a su padre. Fue saludando a todos, recibiendo sus besos, escuchando en silencio sus “cómo has cambiado”, “ya eres una mujercita” o “te pareces a ella”. Tía Enriqueta besó a María y dijo que era el vivo retrato de mamá. Le descolocó el pelo del flequillo y la besó de nuevo.

—Pobre niña. Te ha caído encima todo el peso de la casa. Mira qué limpio lo tienes todo.

—Sí —dijo su padre— María se encarga ahora de todo.

A María le supo a vómito el canapé que acababa de coger de una bandeja de plata y buscó con la mirada la puerta del baño. Estaba abierta, no había nadie. Caminó deprisa y se encerró. Tardó un par de minutos en salir pero nadie se había dado cuenta. Los invitados seguían en el salón, hablando de mamá y de cómo pasa el tiempo, un año ya.

Desde el salón llegó la voz de su padre que pedía, por favor, una cerveza. María entró en la cocina. Los zapatos le apretaban mucho. El pie le había crecido una talla desde el entierro y se le estaban haciendo rozaduras en los dedos. Dejó la cerveza sobre la mesita negra del salón y subió despacio las escaleras. Cogió del armario de su madre los zapatos negros que había llevado al circo. Metió un pie primero, luego el otro. Se repasó el maquillaje frente al espejo, dibujando el borde de los labios un poco arqueados para fingir una sonrisa. Alisó la colcha de la cama, esponjó las almohadas y bajó de nuevo.

Los invitados empezaban a despedirse y María aguantó firme, junto al marco de la puerta, los besos de cada uno. Cuando tía Enriqueta salió cerrando la comitiva, Su padre dijo: “estoy cansado” y sacó otra cerveza de la nevera. La niña subió las escaleras dejando el tacón del zapato fuera del escalón para no hacer ruido. Al llegar al rellano miró su puerta y giró al lado contrario, hacia la habitación de su padre. Entró en el baño, se situó frente al espejo y, con una bola de algodón, borró el maquillaje que le cubría la cara, dejando una masa de colores corridos. Con un lápiz de labios rojo se pintó una sonrisa enorme. Salió del baño y se quitó el vestido, los zapatos y las medias. Esponjó de nuevo las almohadas y oyó los pasos torpes de su padre en la escalera.

03 octubre 2008

Regalo sorpresa

Cuando sonó el timbre estábamos en la ducha. Me envolví en una toalla y corrí por el pasillo, dejando marcas húmedas en el parqué. Él venía detrás, con los brazos en cruz y moviéndose hacia los lados, como un funámbulo, mientras intentaba pisar sobre mis huellas. Le lancé un beso, pegué los brazos al cuerpo para sujetar bien la toalla y abrí la puerta.

­—Paquete para usted —dijo el tipo del uniforme azul.

-¿Para mí, seguro?

Comprobé el nombre. ­­Poca gente escribe bien mi apellido pero allí estaba, perfecto, casi dibujadas las letras con rotulador verde de punta gorda.

—¿Me firma la hoja de entrega? Es que tengo la furgoneta en doble fila.

Por el rabillo del ojo lo veía moverse desnudo, fingiendo ser equilibrista. Firmé con cuidado de no subir mucho los brazos, me despedí del mensajero y cerré la puerta.

—Un paquete —Se burló desde su alambre—. La niña tiene un paquete.

—No pienso dejarte verlo. —Le saqué la lengua—. Y baja de ahí, que te vas a caer.

Era una caja marrón, cuadrada, llena de etiquetas de la empresa de transporte. Al abrirla encontré otra caja más pequeña del mismo color rodeada con un lazo verde. La giré por todos lados y no encontré remite. Él se había pegado a mi espalda y miraba por encima del hombro. Me intentó hacer cosquillas para que soltara el paquete pero lo único que consiguió fue que se cayese la toalla. Tiré con cuidado del lazo verde y agarré la tapa con una mano. La levanté y asomó un globo azul. Con el mismo rotulador verde alguien había escrito: TRISTEZA.

Recogí la toalla del suelo. Él trató de hacerme cosquillas de nuevo y lo aparté de un manotazo. Volvió a levantar los brazos en cruz y a poner y un pie delante del otro. Sacó la lengua, levantó las cejas y apretó los labios. Pasé junto a él y me senté en el sofá, de cara a la ventana. Una paloma coja caminaba por el alféizar.

05 septiembre 2008

Haz ruido

El camión de la basura no existe. Es un invento de alguien que quiere demostrar lo insignificantes que somos. Comprobad si no cómo empieza a rugir, cada noche, cuando la película alcanza el momento de más tensión o cuando por fin recibes esa llamada que habías esperado tanto tiempo. Además, el ruido que hacen es directamente proporcional al interés que tengas en el silencio. Si estás viendo una serie de tres al cuarto y además se trata de un capítulo repetido, el camión pasa casi de puntillas. En cambio, cuando el protagonista dice: ya sé quién es el asesino, los operarios de la limpieza gritan, se carcajean y algún supuesto coche con prisa aprieta el claxon como si le fuera la vida en ello. Como esto ocurre en cada casa, no puede existir el camión de las basuras. No es posible que esté a la vez en todas las calles de Madrid cuando Grisom, por fin, encuentra al asesino debajo de la pata de un mosquito. Es difícil explicar a los amigos que has llegado a esta conclusión sin que te tomen por loca así es que nunca lo cuento y hago como que me creo que existe ese servicio de recogida de residuos. Igual que la otra noche noche, en Nueva York.

Pregunté a Pepe por qué pasaban camiones de basura cada tres minutos bajo su ventana. Inventó para mí la historia de una norma del ayuntamiento que obliga a los comercios y restaurantes a ocuparse de sus residuos, de forma que cada uno contrata la empresa que le da la gana y así pasan, durante la noche, más de veinte camiones. Y yo fingí que le creía aun a sabiendas de que ese ser superior que disfruta jodiéndonos las noches se había dado cuenta de que cada palabra de aquella conversación era imprescindible.

A las tres y media nos fuimos a dormir y callaron los camiones.

30 agosto 2008

Olores en Nueva York

Nueva York huele a comida. Como si el olfato pudiera marcar fronteras, te avisa de dónde estás entrando y te recibe con los brazos abiertos en unas calles y a empujones en otras. El olor a pescado de China Town te invita a quedarte en la sazonada Little Italy. No entres, parece decir, si no eres de los nuestros. Mi estómago les da la razón y se pregunta si no hay Ministerio de Sanidad en este país que impida vender pescado a pie de calle, a no más de cuatro metros de los tubos de escape.

Las calles que rodean los grandes rascacielos, en cambio, huelen a hamburguesa. Me habría decepcionado otra cosa, teniendo en cuenta dónde estamos. De todas formas, en algunas esquinas se cuela un alegre olor a palomitas que me obliga a cerrar los ojos y preguntarme cuándo fue la última vez que vi una película en un cine.
En Brooklyn, donde Pepe nos acoge, no soy capaz de separar los olores. La mezcla de especias se mete por la nariz y tarda horas en irse. Incluso en el metro sigo tratando de identificar aromas pero me resulta imposible.

No hay café. Ni siquiera dentro del Starbucks huele a café. Aguachirri, sin aroma, casi falso. Un decorado de película para ciegos. La vecina de Pepe se queja del olor a tabaco en la escalera porque hasta los olores invaden el espacio cuando uno es reservado. La gente no se roza. Se cruzan por la calle y se apartan, dejando hueco. Se saludan de lejos, no se invaden. ¿Se abrazarán alguna vez?

El taxi que nos lleva al aeropuerto huele a ambientador y tengo que bucear en la manga de mi chaqueta, O de Rochas, para no vomitar. Al subir al avión sonrío. Huele a café.